21 junio 2008

LOS MIL Y UN RODEOS DEL 112 Y EL HOMBRE COLGADO

Me ha pasado hoy mismo. Circulaba por la autopista de entrada a Barcelona cuando de repente, al pasar bajo uno de los puentes de la C-31, delante mío observé medio cuerpo de un hombre colgando del alféizar del paso elevado. ¡Ahhhh! Tenía que pasar por debajo y en apenas un segundo decidir si frenaba, si esquiaba el espacio destinado a su caída o si cerraba los ojos y aguantaba firmemente el volante como aconsejan hacer cuando te encuentras un animal en la calzada.

Cuando medio me decidí, ya había pasado por debajo de las piernas colgantes que aún no habían caído a la calzada. Y al mirar por el retrovisor vi que se trataba de un muñeco de tamaño natural (tipo muñeca hinchable o maniquí de escaparate). Posiblemente, se trataba el anuncio de una despedida de soltero o, peor aún, la amenaza a un empresario sin escrúpulos.

Vericueto de llamadas

Las piernas colgantes podrían causar una tragedia. Por eso me animé a llamar al 112. La primera complicación fue explicarle al telefonista lo que había visto y que resultara convincente, pero más lo fue detallar el lugar exacto del suceso, una zona en la que se unen dos términos municipales (Sant Adrià de Besós y Barcelona) y en la que cambian las competencias policiales (Mossos d'Esquadra en el primer caso y Guardia Urbana en el segundo).

Media hora después aún recibí una nueva llamada de la Guardia Urbana para que les explicara qué había pasado y, sobre todo, dónde estaba el muñeco colgado para ir a retirarlo. "Pero si ya se lo he dicho al 112 y después a los Mossos", les dije. "Sí, pero es que la información no nos ha llegado muy bien". Y vuelta a empezar con el increíble relato. "Muchas gracias y ahora mismo enviamos una patrulla", me contestó casi 40 minutos después de mi primera llamada.

Mirada al cielo

Menos mal que se trataba de un muñeco y no de un suicida de verdad pués éste no habría tenido la posibilidad de negociar un arrepentimiento con la policía o de pactar una caída suave sobre la colchoneta de los bomberos. Aunque ignoro si algún conductor más vio las piernas y provocó un accidente al reaccionar impulsivamente.

"Lo que te pasa a ti es que todos miran adelante cuando conducen en la autopista y sólo tú miras hacia arriba", me dijo un compañero periodista cuando le conté lo que me acababa de ocurrir. "Será eso", le contesté, convencido de que para tirar adelante hay que saber verlas caer.

10 octubre 2007

UNA BOMBA PARA EL MUSEU OLÍMPIC



Sucedió hace apenas unos meses. Barcelona estaba a punto de inaugurar el flamante Museu Olímpic. Tenían que venir los Reyes, invitados por Samaranch y el alcalde de Barcelona, al nuevo edificio, excavado literalmente en la tierra de la montaña de Montjuïc, junto al Estadi Olímpic cuyo pebetero inmortalizó el arquero Rebollo en la inauguración de los Juegos de 1992. (Ufff ya han pasado 15 años)

Cuando me llamó M. para pedirme que le ayudara a llevar una bomba al Museo Olímpic, no me lo pensé dos veces. Y no porque yo fuera un terrorista, sino porque me moría de curiosidad de ver cómo eran esos artefactos de la Segunda Guerra Mundial.

Entrega con papeles

Cuando llegamos al castillo militar de Montjuïc, a apenas dos kilómetros del Museo Olímpic, nos esperaba un oficial del Ejército vestido de civil. Nos mostró la bomba, que cogí cuidadosamente entre mis brazos como si se tratara de un bebé, mientras M. firmaba los documentos que permitían sacar de allí el artefacto, sin explosivo ni detonador, claro.

Lo colocamos en el maletero de mi flamante Scénic y nos dirigimos al Museu. Cuando íbamos de camino, avisaron a M. de que no podíamos dejar el artefacto en la sala de exposiciones, pues decenas de trabajadores estaban dando los últimos retoques a sólo dos días de la inaguración real. La orden fue llevar la bomba al vecino Estadi Olímpic, donde se había improvisado un almacén.

El primer vigilante nos dejó acceder al recinto, ignorando lo que llevábamos en el maletero. "Es un objeto para el museo", dijimos.

Chóferes y escoltas

Cuando aparcamos el coche en una de las puertas laterales del Estadi, nos sorprendió ver un grupo de cuatro coches oficiales con chóferes y supuestos escoltas hablando entre ellos. Cuando me vieron con la bomba entre las manos (que casi parecía de tebeo por su tópica forma) comenzaron a señalarnos y hablar entre ellos. Y yo disfrutaba de lo lindo sujetándola con mis manos y llevándola como si nada hubiera pasado hasta el almacén del Estadi.

Cuando ya por la tarde llegué a la redacción me enteré de que los coches oficiales eran de distintas personalidades catalanas e "israelís" ya que esa misma noche un equipo de fútbol de ese país iba a jugar un partido en el Estadi.

Sin disparos

Menos mal que los agentes del Mossad todavía no habían tomado posiciones en el campo, pues ahora me pregunto si, al verme con la bomba oxidada en los brazos, habrían tenido la delicadeza de preguntar antes de disparar.

Aunque a decir verdad el único disparo que tanto M. como yo lamentamos no haber hecho aquella mañana fue el de la cámara digital para inmortalizarnos juntos con aquella histórica bomba.

31 julio 2007

DOS DORMITORIOS PARA UNA MISMA PAREJA


Acabo de leer un reportaje en el que aseguran que la mitad de los berlineses viven solos, es decir, sin pareja. Hogares únicos. Y que la tendencia va en aumento. Por eso, aseguran, las webs de contactos (para conocer pareja, que no exclusivamente sexuales) están en auge.

Una compañera de trabajo me acaba de comentar que ella no lo entienden. "¿Cómo es posible que tanta gente viva sola?", se pregunta. A mí también me cuesta comprender que haya personas dispuestas a vivir sin más compañía que sus paredes, sus pertenencias y, en el mejor de los casos, algún perro, gato, pez o hámster.

A por el piso

Me acuerdo de una amiga que estaba preparando su boda. Tras llevar un montón de años de soltera, por fin se decidió a compartir su vida con alguien. Y ahí empezó uno de sus problemas. Me contó las dificultades que tenía para encontrar un piso de cuatro dormitorios en el que meterse con su flamante novio.

"¿Cuatro dormitorios?", le pregunté. "Pero ¿cuántos niños pensáis tener?".

"No sé. Uno o dos", me contestó.

En mis pupilas se formaron dos gigantescos interrogantes por lo que, antes de que me atreviera a abrir boca, ella me aclaró:

"Dos de los dormitorios son para mí y mi pareja. Uno, para utilizarlo aquellas veces en las que apetece dormir juntos y hacer cosas. Pero también hay noches en las que yo prefiero dormir sola. Para eso quiero el segundo dormitorio".

Y me lo dijo, con una sonrisa, absolutamente convencida. ¿Secuelas de una soltería prolongada? ¿Miedo a una inmersión total con su pareja? ¿Demasiado egoísmo? ¿Un exceso de sentido práctico?

Víctima desconocida

No pude evitar imaginarme a su entonces novio, a quien también conozco, mirando desde el comedor las puertas de dos de los cuatro dormitorios, intentado descubrir cuál le tocaría esa noche y si, por fin, iba a tener derecho a roce.

Por suerte, nunca se llegó a casar con él. Aunque sí con otro novio posterior al que afortunadamente nunca conocí. Aunque tal vez le distinguiría en una rueda de reconocimiento por su semblante triste y resignado.

27 julio 2007

HUMILLADO EN UN AUTOBÚS NOCTURNO


Acababa de salir de trabajar, a las 2 de la madrugada. Cogí mi bicicleta en la misma puerta del periódico y me fui a toda prisa por el carril bici hasta la plaza de Catalunya para coger el autobús nocturno.

Es un vehículo largo, que dispone de una gran plataforma central en la que se pueden colocar dos sillas de ruedas o varias bicicletas. Le hice una señal al chófer quien, al verme, abrió la puerta de atrás para que subiera mi bici. La até como siempre a la barra, para que no volcase, y me dirigí a fichar con mi tarjeta multiviaje. Después, como siempre, me senté, abrí el libro de Murakami y me sumergí en el fascinante Kafka en la orilla hasta que oí:

- "Eh, tú. La bicicleta, abajo".
- "¿Cómo?"
- "Que las bicicletas no se pueden llevar en el autobús".

No entendía nada. Por un momento dudé de que hubiera sido un bucle temporal generado por la novela el que me colocaba de frente a la ficción. Pero el chófer del autobús, plantado delante de mí con los brazos en jarras, no parecía sacado de la pluma del autor de Tokio blues.

- "Pero yo siempre la he traído", insistí yo.
- "Ya. Pero las normas han cambiado".

Todos los pasajeros, una decena, me miraban incómodos. Como yo, esperaban llegar pronto a casa tras una larga jornada de trabajo.

- "Al menos déjeme que la ate y vuelvo a subir".
- "Yo no me espero", me dijo el muy...

Cuando bajé, empecé a empujar mi bicicleta, pensando en cómo volvería a casa de madrugada (está a unos 25 kilómetros). Estaba tan indignado que al pasar por delante del conductor levanté mi brazo con un gesto de desprecio tipo 'vete a la m.'

La agresión

Y sucedió. El chófer frenó el autobús, abrió las puertas, se quitó las gafas, se las puso en el bolsillo delantero de su uniforme y me soltó una especie de colleja frontal en el ojo al grito de "gilipollas" mientras me espetaba:
- "Pégame, venga, pégame".

No pude pegarle. Me quedé petrificado. Y vi en cámara lenta interminable cómo cuatro viajeros bajaban y cogían por los brazos al conductor y lo empujaban hacia el autobús. Una mujer aterrada me gritó:
- "Váyase, váyase".

Apunté la matrícula y llame a la policía. Me invitaron a ir a una comisaría a denunciar. Y así lo hice. Lamenté no poder presentar lesiones. Tan sólo la varilla de mis gafas un poco torcida y la asquerosa huella de la palma de la mano del energúmeno autobusero impresa en mi cristal de miope.

Dolor íntimo

No les pude mostrar la secuela de la humillación, el quejido de mi dignidad, el dolor de saberme golpeado por un desconocido prepotente.

Tras poner la denuncia y estampar en ella mi firme me tocaba volver a la parada del autobús nocturno. Eran ya las 4.30 y volvería a ser el mismo conductor (pasan por los mismos puntos cada dos horas). Y les pregunté a los policías que qué hacía si me lo encontraba.

- "Iremos a la parada a esperarle y así, de paso, le tomaremos los datos para la denuncia", me dijeron.

Cuando llegué a la parada me encontré el coche de policía en contradirección y atravesado frente al enorme autobús amarillo. En su interior, dos policías hablan con el chófer. Me relamo las heridas invisibles y me acerco. Primero me mira él. Luego los policías. Y con gusto les digo: "El es el que me pegó".

Uno de los policías baja y me pregunta el nombre. Añade que ya lo sabe todo, que le han llamado de la central y que ahora están tomando los datos al conductor. Y me invita a irme.

Deseo de justicia

Tuve que esperar hasta las cinco de la mañana para coger el primer tren de la mañana. Pero me fui convencido de que aquella colleja frontal no iba a quedar impune y fantaseé con que yo mismo le iba a susurrar aquel insulto al chófer cuando nos encontremos en el juzgado.
Y cuando el juez me pregunte si pido alguna indemnización, le diré: "¿Por cuánto dinero dejaría usted que le dieran un bofetón y que le insultaran?"

No soy vengativo ni reconroso, pero tampoco soy imbécil.

17 julio 2007

CUERNOS ¿CONSENTIDOS?



José era un tipo peculiar. Fuimos amigos, es verdad. Aunque ahora ya hace mucho, muchísimo que no sé nada de él. Compartíamos tantas cosas que acabé saliendo con la hermana pequeña de su novia. Y esa fue mi perdición.

Quedábamos juntos para ir a buscarlas a la casa de sus padres. Charlábamos con ellos más que con los nuestros. Pasábamos horas y horas con ellas compartiendo coca-colas al principio y escarceos en el sofá después...

La confesión

Un buen día que estábamos solos él y yo, José me miró con su peculiar y seductor brillo en la mirada, y me confesó que era infiel a su pareja. Llevaban varios años juntos y le ponía los cuernos a menudo.

La verdad es que esa declaración tan rotunda no me sorprendió. Primero, porque intuía que él era un seductor nato. Y segundo, porque esa tarde aún no se había tomado la media docena de cervezas habitual que cuestionara semejante afirmación.

Lo que no podía creerme era la continuación de su declaración. Afirmó que ella, Eva, lo sabía todo y no se lo reprochaba.

La prueba

Al ver mi expresión estupefacta, José me prometió que un día me lo demostraría. Se lo volvería a confesar delante mío. Para que yo mismo comprobara como él era siempre sincero con ella y por tanto sus engaños no podían ser tachados de infidelidad.

En eso que sonó el timbre. "Hola cariño", oí desde el final del pasillo. El había ido abrir de un salto y se acercaba ahora de nuevo al comedor cogiéndola por la cintura. "Hay que ver como tienes la casa... Como se nota que no están tus padres", le dijo ella.

Mientras Eva retiraba un par de cervezas de encima de la enganchosa mesa de cristal, José me miró y me guiñó un ojo.

Miedo

De nada sirvió que yo agitara las manos para que no siguiera adelante con su plan. Ya me imaginaba las botellas estrelladas contra la cabeza de mi amigo bocazas y me veía, no en el hospital, sino el la sala de interrogatorios de cualquier comisaría, o peor aún, en la morgue. De repente...

"Oye, Eva, Amor. Tengo algo importante que decirte", le soltó.

Yo ya no sabía si taparme los ojos o los oídos. "¿Qué pasa cariño?", contestó ella. "Pues, mira, tengo que decirte que esta semana te he sido infiel un par de veces". Ella sonrió, se lo miró burlona y le soltó: "Ay, Pepe, es que tienes cada cosa..." Y, después de estamparle un sonoro beso, se fue toda risueña con las botellas a la cocina.

José pegó otro salto para acercarse a mí y decirme, sonriendo: "¿Ves? Yo nunca la engaño. Siempre se lo cuento".

10 julio 2007

YA TENEMOS LOS PASAPORTES



Lo conseguí. Mis hijos ya tienen pasaporte y DNI (bueno, el DNI aún tardará cinco semanas). La verdad es que no me lo puedo creer. Cuando me enteré que este mes de julio todas las comisarías están desbordadas con los pasaportes recurrí a mis contactos para ver si me colaban de alguna forma.

Sabía que había una comisaría en Barcelona donde a los periodistas nos podían hacer el pasaporte en un plisplás. La idea es buena. Si surge un conflicto, digamos, en Yemen, y hay que salir pitando, la policía nos hace el pasaporte en apenas unas horas y sin colas. De ahí, a presentarse con la familia entera a hacerse los pasaportes sólo va un mini paso.

Pero aunque intenté usar mi privilegio, me lo denegaron :-(

Sin enchufe

Ya sé que algunos pensaréis que me está bien, que por qué los periodistas deben tener ventajas, etc. Pero si vosotros estuvierais en mi lugar seguro que habríais intentado lo mismo.

Pero el intento de colarme me salió rana primero porque ahora las comisarías catalanas son de Mossos d'Esquadra y estos, además de no casarse con nadie, encima no hacen documentos nacionales de identidad. Y son las comisarías de la casi extinta Policía Nacional las que prácticamente se limitan ahora a hacer carnets y pasaportes.

Horario de verano

Además, los nacionales, los muy astutos, en julio hacen horario de verano. Las dos comisarías que el resto del año permiten en Barcelona hacer el pasaporte por la tarde, en verano no lo hacen. Y eso que julio es el mes en que más pasaportes se expiden, entre otras cosas porque es cuando más gente viaja. Pero parece que les da igual.

A lo mejor es que añoran aquello de volver a tener las comisarías repletas de gente, aunque no sea de delincuentes. O quizás es que quieren provocar, porque en Catalunya están perdiendo competencias y poder...

El caso es que tienes que presentarte a las 8 de la mañana en la comisaría, hacer cola en plena calle durante una hora y a las nueve en punto sale un agente que reparte números de tanda, como en el súper. Eso sí, no puedes doblar el cartoncito que te entregan (así les cunden más).

Comienza la cuenta atrás

El policía que me entregó los números (66, 67, 68 y 69 ¡vaya!) me dijo que podía volver a las 10.15, pero si perdía la tanda, debería volver a coger números otro día. Total que me fui corriendo a casa, saqué a mis hijos de la cama y literalmente los arrastré hasta la extinta inspección de guardia para hacernos con el deseado documento.

Una vez en el vestíbulo de la comisaría, decorado al rancio estilo de Cuéntame, el goteo de carnets y pasaportes era suave pero constante, hasta que dieron las 11 de la mañana. A partir de ese instante el tiempo se detuvo. Entramos en lo podría llamarse la dimensión desconocida.

A mí ya me pareció sospechoso que durante una hora no nos llamaran a nadie. Todo se atascó en el 48. Ya podría haber sido en el 69 (porque era mi número, malpensados)... Pero al cabo de ese larga hora de quietud vi como por la puerta de atrás iban regresando las funcionarias bolso en ristre. No venían del lavabo, todas juntas, no. ¡Habían ido a desayunar! Faltaría más.

En el ansiado mostrador

Fue a las 13.20 horas cuando gritaron (es un decir) nuestros números. Ya en le mostrador, cuando la satisfacción del objetivo logrado rezumaba por todos los costados, comienza el cuestionario. Me piden certificado de empadronamiento, DNI, libro de familia, fotos, copia literal del Registro... ¡Lo llevaba todo!. La funcionaria pareció contrariada por mi eficacia, pero yo me las sé todas.

Entre otros trámites me hicieron firmar una autorización para que mis hijos tuvieran pasaporte en la que me preguntaban mi profesión y el estado civil (creía que estaba prohibido pedir esos datos). Luego comprobé, al poner la fecha, que el documento era de 199_. Y lo entendí todo. No modernizan ni los impresos.

El documentado precoz

Luego metieron las fotos y los papeles en una máquina, comprobaron absolutamente todo, me advirtieron de que si había algún error y no lo veía en ese momento, la responsabilidad sería mía ¡encima! hasta que, a las 14.15 horas (seis horas después de mi llegada), mis hijos y yo salimos sonrientes (es otro decir) de la comisaría con los pasaportes en el bolsillo.

En el mostrador vimos a un matrimonio jovencísimo que quería hacer el carnet a su niña ¡¡de un mes !!. Casi la ponen perdida al untar el mini dedo en tinta. Yo creo que los padres pretendían ahorrar a la pequeña el trámite de hacerse el documento de mayor.

Vamos, como cuando a las niñas les hacen el agujerito en las orejas nada más nacer. "¡Así de mayor no le dolerá!". Y la recién nacida, como no puede hablar, se limita a llorar y a intentar olvidar.

03 julio 2007

VUELVA USTED DENTRO DE CUATRO DÍAS



Hay cosas que nunca cambian, sobre todo en lo que respecta a la Administración. La semana pasada quise tramitar el carnet de identidad para mis hijos y comprobé que eso de la ventanilla única y el acceso online al todo poderoso Estado es una utopía.

En la comisaría de policía me dicen que para tramitar el DNI debo volver a las ocho de la mañana y coger número para ese mismo día. Imposible hacerlo de otro modo. Pruebo de cambiar de comisaría, pero en todas pasa lo mismo: están saturadas en verano.

Me explican que debo llevar dos fotos, un certificado municipal de empadronamiento y, ahora viene lo bueno, una "certificación literal de nacimiento" que tengo que recoger en el Registro Civil de la ciudad donde nacieron mis hijos.

80 personas delante

Al día siguiente, llego al Registro Civil dispuesto a despacharme el trámite en 10 minutitos de nada, pero descubro horrorizado dos cosas: que delante mío hay 80 personas esperando y que hay que presentar el Libro de Familia si se quiere pedir la partida de nacimiento.

"¿Libro de familia? Pero a mí nadie me ha dicho nada", le digo a la mujer que va delante y me muestra su libro azul toda orgullosa. "Pues lo tiene mal", me dice la señora mientras me señala uno de los múltiples carteles que empapelan la sala (uno de los cuales aparece en la foto superior).

Me resisto a marcharme y volver mañana, como Lara, y espero mi turno. Cuando llega, me abalanzo sobre la funcionaria, después de que ella y sus compañeras hagan un receso para firmar la tarjeta de felicitación para un compañero. Le suplico que me admita la solicitud, que no puedo volver otro día, y descubro entonces que el Libro de Familia no es obligatorio, aunque facilita las cosas. A ellos, claro.

Pido el certificado, pero la funcionaria me indica, con cara de tedio, que para recogerlo debo volver dentro de ¡¡¡ cuatro días !!!. En otro mostrador, claro.

Fotocopia con tampón

Me voy al pueblo y me resigno a regresar dentro de esos cuatro días. Cuando lo hago, me pongo en una cola distinta, la de recogida de partidas de nacimiento. Allí me entregan las dos fotocopias, pero justo después de que una mujer suplique que la deje colar. Explica a la única funcionaria, y a todos los que esperamos, que ha ido a la comisaria y le han dicho que su certificado-fotocopia no sirve, porque le falta el sello que indica que esa copia sólo puede ser utilizada para hacerse el DNI. No vaya a ser que a alguien le de por empapelarse la habitación...

Yo, asustado, escruto mis dos certificados y compruebo aliviado cómo los dos papeles llevan el minúsculo sello en tinta azul.

Ahora sólo espero no tener más problemas cuando los presente en la comisaría. Aunque no sé cuando será. Trabajo de noche, por eso soy Luciérnago, y dudo que pueda estar a las ocho de la mañana en la policía para coger número. Igual un día al salir del periódico. Hasta me podría llevar un saco de dormir y un termo con café...